domingo 12 de octubre de 2008

Método para cerrar los ojos.

Se llamaba Lucia. Ella aun no lo sabia, era demasiado pequeña para darse cuenta que los humanos se identificaban con nombres, y con palabras que salían de sus bocas tan elocuentes como sus pasos.

Sus días eran felices, sus noches eran solas y calladas, como si no se sintiera el frío que su mama arropaba bajo la cobija de lana, y que su padre sin quererlo querer acompañaba bajo la voz dulce de cuentos infantiles inútilmente contados.

Ahora ya sabemos que los juegos eran en serio, y que hay que crecer como lo hizo Lucia; a veces a prueba del tiempo. Después de tantos años lucia comprendió que hay que decir la verdad, pese a lo que pueda doler, y pese a lo que pueda faltar la presencia de alguien que como el agua se nos va entre las manos, que como el agua calma sed de compañía, y que como el agua pareciera inútil vivir sin su auxilio.

Tal vez su grandeza de corazón no la hacia perderse del cuento que se inventaban los adultos para verla mejor, o simplemente gracias a su edad, y a su imaginación aun no entendía que hay ocasiones en que los ojos se cierran para no volverse abrir, que los ojos se cierran para irse de viaje sin acompañante.

Y esa noche cuando los adultos comprendían que una etapa culminaba, Lucía dormía, triste porque los cuentos no habían llegado, y esperaba con ansias ver el sol para poder pedir una explicación que aliviara el dolor de la noche anterior.

Eran las 11: 20 minutos, tal vez 21 minutos, eso era lo de menos... lo importante era darse cuenta que había llegado la hora, de despedirse anticipadamente, de llorar sin haberlo planeado, de vestir de negro .

Había movimiento, los médicos corrían por los pasillos, tratando de descifrar el repentino cambio en el cuerpo del enfermo, mientras él miraba a su esposa con cara de dolencia pero con esperanza, diciéndole con las miradas lo feliz que se sentía por haber sido cómplice de tantas cosas por tantos año; mientras ella a través de su mirada descifraba el final de sus días, el recuento de sus historias, y poco a poco se llenaban de lagrimas los ojos con los que algún día se enamoro, no a primera vista, pero con los que lo observó.

Lo difícil venia después, cuando en la mañana Lucia pedía explicaciones y quería saber en que había terminado el cuento que no acababa, también quería ver a su padre, quería tocarlo, quería darle el beso de desayuno, quería entender porque las visitas trataban de llenar espacios.


- Se fue al cielo... a ver si es tan bueno, para después irnos a vivir juntos.
- Y me va a llevar?
- Ya te llevo, te tiene al lado izquierdo, en el corazón.
- Pero yo estoy acá –dijo Lucia-.
- Y el esta con nosotros –Le respondió- .

Seguía siendo pequeña, pero los días pasaban y el viaje no tenia vuelta, muy temprano comprendió que era un viaje de esos eternos... De esos a los que todos vamos y no volvemos, de esos que causan tristeza por la ausencia y sobre todo de esos viajes que cuando miras el cielo te contestan:

-Te estoy esperando, con los ojos no tan abiertos, para que cuando vengas me veas y terminemos de contar el cuento que ese día no te pude leer. Porque en realidad me fui para cuidarte, me fui para verte mejor, me fui para poder algún día verte eternamente.

1 comentarios:

Calígine dijo...

Que hermoso Michelle, como es que se hace para que no sean solo palabras? Que vivo es este relato de muerte.